Un día como hoy… Muere Pablo Neruda

Pablo Neruda quizá fue el más prolífico de los poetas del siglo pasado y tal vez también el más popular, y eso resulta particularmente notorio considerando que el chileno casi nunca dispuso de las condiciones que muchos escritores necesitan para crear, entre ellas el tiempo material. Su vida fue pura convulsión: ejerció de diplomático, de político, de fugitivo y de exiliado.

Esas condiciones vitales cambiantes no solo informan sus sensuales odas al amor, sus cándidos cantos al mar y la naturaleza, sus melancólicos lamentos por la pérdida y sus feroces arengas políticas; también han contribuido a envolver la figura del poeta de un aura casi mítica.

En ese terreno entre la realidad y el artificio se mueve ‘Neruda’, protagonizada por Luis Gnecco y Gael García Bernal y que el próximo viernes llega a los cines. Dirigida por Pablo Larraín, la película no trata de detallar los contornos de su protagonista ni de recrear sus vivencias como realmente sucedieron.

No es un biopic, sino una invención adornada de datos biográficos; o un híbrido entre la vida y la obra de su objeto de estudio; o una nueva forma de poesía cinematográfica que guarda cierta simetría imperfecta con los versos de los que se nutre. Larraín la define simplemente como «un antibiopic».

A través de ella, en todo caso, se nos abre una ventana a un periodo específico en la vida del autor de ‘Canto general’, particularmente traumático: la persecución que sufrió después de que en 1948 el presidente del país, González Videla, prohibiera el Partido Comunista, del que él era miembro y al que representaba en calidad de senador, y de que se ordenara su detención. De repente, el hombre que había representado a Chile en todo el mundo se vio obligado a esconderse de su gente, primero moviéndose de un lugar a otro dentro del país y luego saliendo de él a caballo, hacia Argentina y la libertad.

Los prolegómenos a ese momento crucial ‘Neruda’ no los cuenta. No hay mención, por ejemplo, a la etapa diplomática del poeta en España a partir de 1934, desde la que fue testigo del bombardeo de Madrid y la muerte de su amigo Federico García Lorca.

España cambió profundamente a Neruda; fue aquí donde se le despertó el compromiso político. En 1945 se declaró militante comunista, y puso sus versos al servicio de su ideario al tiempo que renegaba de su obra previa, más íntima y personal.

Aunque a principios de los 50 se le permitió volver a Chile, los problemas derivados de sus ideas políticas lo acompañarían hasta la tumba. En 1970 le fue diagnosticado un cáncer de próstata que sucesivas cirugías no lograron extraer. Los tres años siguientes estuvieron marcados por honores oficiales y el Nobel de Literatura, pero también por el avance inexorable de la enfermedad.

Neruda falleció el 23 de septiembre de 1973, 12 días después de que su amigo Salvador Allende fuera apartado del poder tras el golpe de estado militar. Recientemente el gobierno chileno reconoció que existen motivos para creer que el responsable de la muerte no fue el cáncer sino Pinochet.

Una película biográfica al uso no se habría atrevido a omitir esa información; habría usado el óbito para santificar al héroe y hacernos saltar las lágrimas. Pero, Neruda es otra cosa. Larraín más bien recrea e imagina pedazos de vida e ideas y personalidad.

Esta versión engañosa del poeta es amante de las novelas policíacas y siente inclinación por los sombreros poco favorecedores. Funciona como reflejo imperfecto de la tristeza que al parecer acompañó al Neruda real durante toda la vida, y posee un lado oscuro que los poemas de aquel por momentos evidenciaban -algunos de ellos expresaban un deseo de venganza sanguinario, y otros son abiertamente sexistas-.

Le vemos frecuentar sórdidos burdeles y participar en orgías regadas de champán, confirmando la misma célebre fijación por lo carnal que hizo que su volumen Veinte poemas de amor y una canción desesperada (1924) se considerara inicialmente impublicable a causa de su franca celebración del sexo.

Descubrimos a una persona vanidosa y convencida de merecer la adoración que recibe, que es propensa a la ira y que no deja que el ideario que abandera le fastidie el disfrute de los decadentes placeres burgueses. ¿Es este retrato fiel a Neruda? No mucho, posiblemente. Pero sí agranda el mito.

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